Biblioteca Popular José A. Guisasola




Cuento: Instantáneas de Silvia Schujer.


La inventó sin querer y, lo que es mucho peor, sin saber cómo. La cosa es que el hombre fabricó una cámara fotográfica instantánea y ahora lo único que le importa es salir a probarla.

Está contento. Se le nota en las rodillas: por su modo de flexionarlas daría la impresión de que va a dar saltos en lugar de caminar.

Mira para todas partes. Va por la vereda. A izquierda y a derecha hay negocios y edificios. Hacia el frente, una hilera de asfalto que termina en punta, allá donde sus ojos no pueden ver más.

Arriba, el cielo. Gris. Entrecortado en algunos sectores por antenas de televisión.

En medio de tanto cemento ve un árbol y para. Le gusta y decide que será su primera foto. Enfoca la imagen que quiere capturar y aprieta el botón. El dispositivo se pone en marcha. Pasan veinte segundos e instantáneamente aparece el papel revelado. Para sorpresa del hombre, en la foto, en el lugar del árbol se encuentra retratada una semilla.

El hombre desconfía de sí mismo. Creyendo que hizo mal la toma decide seguir caminando.

Cruza una avenida hacia el sur. El paisaje de edificios empieza a desvanecerse. Las construcciones van perdiendo altura hasta no superar los dos pisos.

Veredas angostas. Casonas antiguas: grandes puertas de madera maciza y ventanas con rejas floridas.

Elige la próxima foto: la casa más vieja del barrio. Cierra un ojo. El otro lo fija en la lente. Encuadra la imagen que quiere captar. Se asegura de estar enfocando lo que desea.

Acerca su dedo al botón. Dispara y en veinte segundos asoma el papel revelado. En la foto, en lugar de la casona aparece el albañil que la construye.

Nuestro hombre desconfía de sí mismo. Presiente que algún mecanismo de su invento no funciona pero decide continuar la marcha.

Retrata un bebé y en la foto aparece una señora embarazada. Ella sonríe.

Enfoca la tormenta que acaba de desatarse y en la foto aparece un nubarrón.

Enfoca un graffiti y en la foto se retratan un aerosol y una mano que lo sostiene.

Algo alarmado con lo que ocurre y no acierta a descubrir, resuelve volver a su casa y meterse en el laboratorio a investigar.

En el camino ve una persona tirada en la vereda, la cabeza coronada por un charco de sangre. Enfoca con su cámara el cuerpo desplomado, cuando se oye que se acerca una ambulancia.

Arrima su dedo al botón y dispara. Veinte segundos, y en la foto revelada se ve un coche. A pocos centímetros del coche, la misma persona. Pero en el aire, con cara de horror e impotencia.

Para el hombre ya no hay dudas. No puede salir de su asombro y, por un instante, enmudece.

Comprende que su invento es un prodigio y no entiende cómo ha podido lograrlo. Piensa. Se pregunta. Trata de hacer memoria. Sabe que si logra reproducir su cámara, el suyo será el invento del siglo.

Piensa. Descarta la posibilidad de desarmar su máquina; teme no saber reconstruirla.

Piensa. Por fin tiene una idea y decide probar.

Se ubica frente a un espejo y se saca una foto. Veinte segundos y en el papel revelado se reconoce a sí mismo enfocando con la cámara a una persona tirada en la calle.

Le saca una foto a esa foto y en el papel revelado aparece su propia imagen enfocando con la cámara una casa vieja. Se reconoce a sí mismo frente a esa casa unas horas atrás. Le saca una foto a esa foto y en el papel revelado se retrata su silueta enfocando con su cámara un árbol.

Le saca una foto a esa foto y en el papel revelado aparece su propia imagen caminando por la vereda poblada de negocios y edificios. Hacia el frente, una hilera de asfalto que termina en punta, allá donde sus ojos no pueden ver más.

Entusiasmado, le saca una foto a esa foto y en el papel revelado se reconoce a sí mismo terminando de fabricar su cámara fotográfica.

Ahora sí, se dice. Aquí llega el principio. Le saca una foto a esa foto, y en veinte segundos, sin saber cómo y en última instancia por qué, en el papel revelado se retrata una máquina de escribir con una mujer frente a ella en el preciso instante en que va a pulsar una tecla.

La tecla del punto final.

© Silvia Schujer
FIN


Libro: “La abuela electrónica", de Silvia Schujer / Pablo Bernasconi.

El volumen cuenta con distintos capítulos: "La abuela electrónica", "Algunos cuentos de su memoria", "El último truco", "Escándalo en Tailandia", "El señor J.D.C", "¿Quién paga los platos rotos?", "Ludwing", "Instantáneas", "Hombres de 100cia" y "Ultimo momento".
Los relatos, editados por Primera Sudamericana, hablan sobre magos, la desaparición del dinero en el mundo, las alocadas soluciones que brindó un presidente y las peripecias de un hombre que nació y vivió tan rápido que murió casi al instante de su nacimiento, pero nadie lo notó, entre otras ocurrencias.
Schujer nació en Buenos Aires comenzó escribiendo poesía y componiendo canciones; publicó "Oliverio junta preguntas", "El monumento encantando", entre otras obras, y fue ganadora de varios premios a lo largo de su carrera literaria.
Por su parte, Bernasconi es diseñador gráfico e ilustrador, fue candidato por la Argentina al Premio Hans Christian Andersen y algunos de sus títulos son "El sueño del pequeño Capitán Arsenio" y "El diario del Capitán Arsenio". (Reseña: Noticias Terra /sociedad.)


Ilustración: SEAMOS SOCIOS - Ideas y herramientas para sumar asociados a la biblioteca popular- CONABIP PDF


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